Opiniones

¿Realmente vales? ¿Cómo lo haces saber?

Por Néstor Estévez.

Hay buen trecho entre el dicho y el hecho. No siempre ocurre, pero con alta frecuencia esa proposición se convierte en postulado, adquiriendo categoría de verdad.

Recientemente me adentré en las reflexiones de un estimado amigo y maestro que publicó sobre brechas de comunicación. Él hacía alusión a esa incoherencia que solemos encontrar entre la realidad de los hechos y los contenidos del relato público en muchas empresas, instituciones, marcas y personas.

El hecho de que discurra febrero me luce propicio para retomar el tema, y para hacerlo desde el ámbito de los valores. Pues con todo y su brevedad, febrero incluye temas como amor, amistad y, en el caso de la República Dominicana, independencia.

Aunque modernamente escuchemos “educar en valores” o desahogos en la línea de “se han perdido los valores”, el tema viene desde hace mucho tiempo. Desde el ámbito de la filosofía y de manera más concreta, desde la disciplina que los estudia, la axiología, los valores han sido tomados en cuenta porque terminan dando sentido a nuestras acciones y a nuestra vida.

¿De qué estamos hablando? En un mundo cosificado impera una tendencia que nos empuja a reducir el significado de todo, incluyendo los valores. Ya es harto sabido que las posibilidades de entender algo aumentan grandemente cuando lo podemos asociar con alguna imagen. Es así como al mencionar una silla, una puerta o una casa, la generalidad de los seres humanos hispanoparlantes logramos comprender fácilmente de lo que se habla.

Sin embargo, esa silla puede estar referida al objeto que se coloca sobre el caballo cuando se le usará como medio de transporte, y mucha gente ni siquiera sabe que existe ese tipo de silla. Sobre la puerta tendríamos una posible confusión al intentar determinar si se trata de la abertura que permite el paso o el armazón con que se cierra esa abertura. Y se necesitaría de alta compenetración con la naturaleza para asumir como común y corriente que el hueco realizado por las hormigas también es una casa.

Con los valores es todavía más difícil entender. Corren la suerte de los términos abstractos. Se requiere un esfuerzo mayor para entenderlos. Y eso puede servir de excusa para mucha gente que, teniendo capacidad de sobra para ello, prefieren sacar partido a la permisividad que la aludida dificultad propicia.

Los valores no existen por sí mismos, necesitan de un depositario que les dé real sentido. Así, los valores terminan convirtiéndose en cualidades de esos depositarios. Pero otra característica de los valores es que tienen una especie de polaridad ya que la simple ausencia de un valor es diferente al antivalor, o valor negativo, correspondiente.

Intento explicar con un ejemplo: Lo opuesto a alto suele ser bajo. Pero en el caso de negro, como suma de todos los colores, ¿podemos asumir el blanco como opuesto? ¿Qué ocurre con los objetos transparentes? En el caso del respeto, como actitud considerada hacia una persona, entidad o cosa, podemos encontrar posiciones que van desde la más alta consideración hasta la peor desconsideración, pasando por la indiferencia.

Esto ha de ayudarnos a entender que los valores, a diferencia de las cosas, tienen polaridad. Es por ello que la no práctica de un valor no necesariamente implica la del antivalor correspondiente. Existe la posibilidad de que sencillamente no cuente como valor prominente para alguien. Es así como, a la polaridad, se suma otra característica fundamental para los valores: la categorización.

Así cuando una organización o una persona enarbola algún concepto como valor, lo que realmente está expresando es el orgullo que le produce contar entre sus atributos una característica que la distingue de los demás, una propiedad diferenciadora y que atrae a su entorno.

Se dice, con sobrada razón, que lo declarado como misión no es lo que une a quienes han decidido formar o han escogido servir para una determinada organización; son los valores compartidos que determinan la posibilidad de unir voluntades y operar con sinergia hacia determinados propósitos.

Febrero puede resultar propicio, pero cualquier momento puede ser oportuno para encontrar que siempre necesitamos creer en algo y en alguien, que hacer sigue siendo la mejor manera de decir. También es útil recordar que vivimos en un mundo que, cada vez más, se asemeja a una bola de cristal.

Por eso ayuda mucho que te preguntes: ¿Realmente vales? ¿Cómo lo haces saber?

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