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Fuerza del Pueblo elige el silencio: la vocería que debilita su propia oposición en Santo Domingo Norte

La designación de Óscar Ramírez como vocero de regidores expone fisuras internas y allana el camino a la alcaldesa Betty Gerónimo en un momento clave de precampaña.

Santo Domingo Norte. — En política, los errores no siempre se anuncian con estridencia; a veces se susurran en acuerdos de pasillo. Y es precisamente en ese tono bajo —casi imperceptible— donde el Partido Fuerza del Pueblo parece haber tomado una decisión que podría costarle más de lo que aparenta: la escogencia de Óscar Ramírez como vocero de su bloque de regidores en el Ayuntamiento de Santo Domingo Norte.

La movida, que según fuentes internas responde a un “acuerdo de palabras”, ha encendido las alarmas dentro y fuera de la organización. No por la figura en sí, sino por lo que representa —o, más bien, por lo que no ha representado— durante sus primeros dos años de gestión: una oposición visible, articulada y políticamente incisiva.

En un escenario donde la oposición municipal requiere músculo, narrativa y presencia, la elección de Ramírez parece apostar por todo lo contrario. Su paso por el Concejo ha estado marcado por intervenciones escasas, bajo perfil comunicacional y una limitada capacidad de fijar posición frente a temas neurálgicos del municipio. De hecho, entre sus propios compañeros ha cargado con un apodo que, aunque suene cruel, sintetiza la percepción interna: “el mudo”.

No se trata de cuestionar su cumplimiento administrativo como edil. Pero la vocería, en tiempos de precampaña, exige algo más que presencia: demanda liderazgo, confrontación estratégica y capacidad de marcar agenda. Y es ahí donde la comparación resulta inevitable —y políticamente incómoda—.

Mientras Ramírez ha transitado una gestión discreta, sus compañeros Ramón Altagracia y José Miguel Brand han asumido un rol diametralmente opuesto. Ambos han sido voces constantes, críticas y frontales frente a la gestión municipal encabezada por la alcaldesa Betty Gerónimo. Han denunciado, cuestionado y, sobre todo, han entendido que hacer oposición no es un acto decorativo, sino una práctica política que construye percepción y posicionamiento.

Incluso dentro del mismo bloque, figuras como Alfredo Henríquez (Cheín), Vicente Berihuete (Henry) y el pastor Santana Manzueta han demostrado capacidad para articular críticas, aunque en esta etapa parecen inclinarse más hacia una diplomacia que, si bien útil en ciertos contextos, difícilmente capitaliza políticamente en un año preelectoral.

La pregunta que flota —y que pocos se atreven a responder abiertamente— es por qué, teniendo perfiles más combativos y con mayor presencia pública, la Fuerza del Pueblo opta por una figura que no encarna ese perfil. Porque si algo está claro es que, en política, las decisiones rara vez son ingenuas.

Con esta designación, el partido opositor no solo redefine su estrategia en el cabildo, sino que, paradójicamente, podría estar fortaleciendo a su principal adversaria. La alcaldesa Betty Gerónimo, del Partido Revolucionario Moderno, encuentra en esta coyuntura un escenario más cómodo: una oposición menos ruidosa, menos confrontativa y, por tanto, menos peligrosa.

“En política se hace lo que conviene”, reza una máxima conocida. Pero en este caso, la conveniencia parece tener destinatario equivocado. Porque si bien la decisión podría responder a equilibrios internos o compromisos previos, en la práctica se traduce en un debilitamiento del rol opositor en un momento donde precisamente se necesita lo contrario.

La Fuerza del Pueblo en Santo Domingo Norte enfrenta así un dilema que va más allá de un simple nombramiento: definir si su papel será el de una oposición que incomoda y construye alternativa, o el de una que observa —en silencio— cómo otros capitalizan el escenario político.

Y en política, como en la vida, el silencio rara vez gana elecciones.

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