Por Guido Gómez Mazara
Toda victoria electoral pone en contexto fuerzas sociales y la voluntad de electores que, por vía del candidato, expresan visiones de la sociedad y las políticas públicas llamadas a implementarse desde la gestión gubernamental.
Sin importar los porcentajes de simpatías, las organizaciones partidarias de profunda penetración social y electoral cargan en su vientre la adhesión al líder y las líneas esenciales que cada ciudadano entiende afín o distante de sus intereses. Y concluido el ciclo de los grandes caudillos, la tendencia natural reside en el apego ciudadano a la propuesta municipal, congresional o presidencial, alrededor de una plataforma programática específica.
Partidos legendarios en todo el continente lograron trascender a la muerte de sus figuras icónicas porque los electores asociaban el sentido de militancia más allá del eslogan, el color, referencia ideológica y éxitos electorales. En México, los seguidores del PRI exhiben un apego a las reglas fraudulentas que los mantuvo por años en el poder y su lógica tramposa es consustancial a su realidad partidaria.
El simpatizante del Partido Nuevo Progresista en Puerto Rico entiende que su llegada y/o preservación en la gobernación es sinónimo de convertir la Isla del Encanto en un real estado estadounidense.
Un clásico republicano tiende a votar tanto en el congreso como la presidencia estadounidense a favor del aspirante que exhiba un historial de corte conservador.
Los electores de Podemos en España tratan de rescatar la visión de izquierda histórica, pero su dosis de pragmatismo los condujo a compartir el poder con el PSOE. Es decir, sistemas políticos maduros con una ciudadanía de mayor conciencia preservan niveles de consistencia en su comportamiento debido a que el apego de su base electoral no prioriza la noción de victoria a cambio de un empleo en la administración.
La fragilidad democrática en sociedades como las nuestras se pone de manifiesto ante la incapacidad de que la oferta electoral exhiba verdaderos distanciamientos respecto de pensamiento y características de la gestión, como resultado de priorizar sumatorias indispensables para el triunfo, que no se detienen en aspectos básicos del debate político porque su razón se limita en empujar una mayoría sin los mecanismos formales y ni la cultura política elemental en los electores aptos de conminar al candidato en la definición de sus líneas de pensamiento y las consecuencias políticas de un cambio de postura.
Aquí, ni los partidos tradicionales ni los emergentes hacen énfasis en ámbitos que los electores asuman de elementos diferenciadores, por el contrario, aunque parezca irónico, la fiereza en la búsqueda del voto no guarda proporción con el debate de las ideas esenciales en materia social y económica.
Fuera del escenario Balaguer, Peña y Bosch, el PLD estructuró su fuerza electoral atrayéndose al clásico elector reformista que, culturalmente asociado a la adicción al presupuesto nacional, encontró un espacio con la singularidad de ampliar la base de simpatías, pero sus históricas banderas éticas las derrotó el sentido pragmático de quedarse en el poder.
Asimismo, el PRD de verdad, no la caricatura bajo el control de Vargas Maldonado, se dejó conducir por el carácter insustancial y sin rumbo ideológico sin detenerse en darle consistencia a las fuerzas liberales y progresistas que siempre le respaldaban, ambientando un derrumbe electoral vergonzante que, por fortuna, abrió las compuertas de una propuesta nueva con el 99% de sus seguidores con origen en la vieja casa partidaria.
Una fuerza electoral victoriosa actúa con sentido de inteligencia en la medida que sus triunfos no abandonan la base electoral que sirvió de plataforma en la conquista del poder, y desde esa realidad, amplían su nivel de simpatías en la sociedad porque el sostén siempre será el aparato institucional.
La confusión y causa de desvíos de un altísimo porcentaje de proyectos políticos exitosos reside en mal interpretar olas de respaldo en procesos electorales con los instrumentos canalizadores en la defensa del voto que, salvo reconocidas excepciones, han sido las organizaciones partidarias.
Después del triunfo no se puede gobernar exclusivamente con el partido. Ahora bien, hacerlo pateando el aparato político resulta de alto riesgo.



