Opiniones

Politica y solidaridad

Por Loren Girón Villa
Cuando iniciamos nuestra participación en la actividad política, en la década de los años 90, contábamos con tan solo 16 años de edad.

Era una época en la que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), comenzaba una estrategia de reclutamiento de jóvenes con derecho al voto, enfocados a las próximas elecciones. Siempre estaré agradecido del profesor y licenciado en Ciencias Políticas Anastasio Brazobán, así como del fallecido ingeniero Otilio Polanco, quien «en paz descanse» fue un hombre comprometido con su comunidad. Gracias a una diligencia comunitaria beneficiosa para mi sector, conocí de manera inesperada al más grande líder de masas de toda iberoamerica, el Dr. José Francisco Peña Gómez, pero esa será otra historia.

En nuestros primeros pasos dentro de la política, fuimos testigos del profundo espíritu de solidaridad que caracterizaba a los distintos grupos en los que nos tocó participar. Fue una década en la que la democracia dominicana comenzó a experimentar avances significativos en su desarrollo y fortalecimiento.

Era común ver la cercanía entre los grandes líderes, los miembros de los organismos superiores y las bases partidarias.

En los comité zonales, regionales, municipales y provinciales reinaba, a pesar de las diferencias internas, un compañerismo auténtico que se fortalecía con las luchas propias de la actividad política.

Era habitual atender con sensibilidad los problemas personales que afectaban a un compañero o aliado: Desde colectas monetarias de urgencia para asistir a un enfermo, hasta comisiones para visitas, celebraciones de cumpleaños o participación representativa en cortejos fúnebres.

Existía una reciprocidad sincera entre directivos, líderes, seguidores y dirigentes. En resumen, una hermandad nacida del ejercicio político.

Con el pasar de los años, hemos ido abandonando muchas de esas prácticas colectivas que fueron exitosas.

Los partidos políticos han dejado de ser espacios de objetivos comunes, para convertirse en plataformas de agendas individuales.

Hemos pasado de defender ideas compartidas a priorizar intereses personales. Se premia al particular sin mérito y se desprotege al compañero leal.

Sin darnos cuenta, estamos socavando la actividad que nos permitió crecer como individuos ante la sociedad, participar en los cambios sociales y económicos, así como ser parte de la creación e implementación de políticas públicas que impulsan el desarrollo.

La política ha sido invadida por actores ajenos a su esencia, y nosotros, como protagonistas, lo hemos permitido —mea culpa—.

Cuando respaldamos comerciantes, transportistas o profesionales desarrollados en otros ámbitos sociales, no podemos luego apelar a la solidaridad política, porque muchos de ellos no piensan, no actúan ni se conducen como quienes hemos sido formados políticamente.

La carencia de formación política los desvincula de nuestros valores, y sus prácticas responden a las lógicas de los sectores de los que provienen.

Sin embargo, no todo está perdido. No debemos rendirnos. Hay que insistir.

La política sigue siendo una de las más nobles actividades humanas, porque genera bienestar social, promueve la igualdad, el equilibrio, la gestión y la democracia. Por su vínculo directo con el poder, quienes hemos decidido ser dirigentes políticos —de formación y vocación— somos responsables de su destino.

Por eso, en los procesos internos venideros, debemos hacer valer nuestra influencia eligiendo personas que verdaderamente garanticen la continuidad de la buena práctica política, de la solidaridad entre compañeros y de la reciprocidad humana.

 

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